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sábado, 21 de febrero de 2009

Nunca vi a James Brown, pero si vi a Carlinhos

Vestido con un smoking impecable, con una capa roja que una roadie siempre mantiene en su sitio, un extraño sombrero que asemeja una corona india de plumas, pero hecho en caña, unas trenzas rasta hasta la mitad de la espalda y sus inseparables gafas oscuras, Carlinhos Brown va caminando, frente al bloco, al lado de la gente. El no va en la tarima como todos los otros trios elétricos, sino con su gente, caminando, cantando, bailando y dirigiendo el bloco. La energía de su música es incomparable, inmensa, superior. Nadie se puede resistir al baile, nadie puede aguantar cuando se acerca a la cuerda y asoma su micrófono para que la pipoca cante con él.

No hay mejor manera de cerrar mi viaje por Salvador y su carnaval, que viendo a Carlinhos Brown a 20 centímetros de distancia, cantando por las calles, mientras todos bailábamos frenéticamente.

Trotamundos por una hora

Tengo que aceptarlo: siempre quise ser como Anthony Bourdain. Que me pagaran por viajar por los lugares mas locos del mundo, comiendo y bebiendo sin parar. Sin muchas pretensiones, alcancé, durante unos dorados momentos, a serlo.

Salí con la firme intención de usar mis excedentes económicos de esta parte del trajecto para comprar algunos recuerdos en el Mercado Modelo. Intenté coger un bus (sigo en mi política de "ser un baiano mas") que me acercara a mi objetivo, porque la caminada de 1 hora y media que me hice ayer ya no me antojaba.

Pobre iluso. Después de 3 días de carnaval corrido, no hay la menor posibilidad de coger un miserable bus en Barra. Caminé de nuevo, resignado, hasta llegar a las puertas de Campo Grande. Inclusive intenté una ruta nueva, y logré llegar sin perderme. Me sentía el mas experto de los expertos. Rápidamente, una multidud corriendo, escapando de una pelea callejera, me convirtió de nuevo en el turista bogotano que soy: estaba en medio del desfile de Campo Grande (circuito de Osmar), estrecho, peligroso. Decidí (aplicando la nueva filosofía que se impone a todos los que pasamos de cierta edad) que el Mercado Modelo quedaba lejos, era costoso y peligroso. Además ya había estado ahí. Entonces, tuve que volver a Barra, por otra ruta nueva (tampoco me perdí) buscando un restaurante para desquitarme de las desiluciones y aprovechar el par de reales que tenía de sobra; no quería mas comida por kilos (de todas maneras, nunca logré superar la marca de los 750 gramos) y no me iba a ir de Salvador sin probar una suculenta moqueca (cazuela).

Decidí que había llegado el momento de emular a Bourdain, así que entré a un restaurante en la playa, y pedí una Moqueca de camarones con pescado (nótese que escribí Moqueca con M mayúscula). Mientras llegaba, me bajé 600 ml. de Skol, tal vez la mejor cerveza de Brasil. Cuando llegó mi plato, ya estaba un poco contento, pero aún así comenzó la batalla. Hirviendo, la moqueca intentó defenderse de mis ataques, pero fue vencida (aunque al final un regimiento de camarones opuso resistencia) luego de una hora de batalla. Para celebrar la victoria, decidí bajarme 2 caipirinhas de maracuyá. Pagué y salí un poco prendidito (de las paredes) a recuperarme en el apartamento, porque esta noche voy a ver a Daniela Mercury y, especialmente, al gran Carlinhos Brown.


Las únicas diferencias con Bourdain fueron que no tuve un productor que me llevara hasta el hotel, ni me pagaron por la proeza; es mas, tuve que pagar por ella. Pero fui trotamundos por una hora.

Viver e não ter a vergonha de ser feliz

Hasta ahora no he tenido la necesidad de coger el primer taxi en mi viaje por Brasil, así que salí a visitar la Iglesia de Nuestro Señor de Bomfin en bus urbano, como cualquier parroquiano. La iglesia queda a 7 kilómetros del Pelourinho, me esperaba un viaje largo. Bajé por una pequeña calle inclinada y terminé en la parada de buses frente al Mercado Modelo. Ahí cogí un bus, que me llevó a velocidades cada vez mayores, y por calles cada vez mas estrechas, a la parada de buses de la iglesia.

Es notorio que normalmente el transporte público urbano en Salvador es voluminoso y caótico, con "buses para todos los barrios", por todas las avenidas, en todos los sentidos. Los buses son los mismos que Transmilenio compró para sus rutas alimentadoras, nuevos y limpios. El viaje de ida no presentó ningún problema, pero fue el regreso el que me costó trabajo, ya que en carnaval, el transporte es mucho menos voluminoso pero mas caótico, ya que los buses tienen rutas diferentes para esquivar las calles cerradas para los desfiles; sospecho que los conductores improvisan a medida que van manejando, pero solo es una impresión personal. Eso si, nadie pita. Bueno, a veces, cuando un peatón colombiano despistado cruza la calle sin mirar, por estar pendiente de una de las cientos de iglesias en el recorrido.

Debido a esta "reestructuración vial" del carnaval, me tocó bajarme antes del bus y recorrer a pié todo el circuito Osmar, almorzar en otro restaurante por kilos y perderme durante casi media hora en un barrio elegante cerca de la playa.

El carnaval tiene 3 circuitos oficiales: Batatinha, que es el circuito del centro histórico, estrecho, incómodo (debido a las calles empedradas) y medio peligroso. Osmar, en una zona llamada Campo Grande (la que parece San Victorino), no tiene tanto público como llegó a tener antes. Y Dodô, entre dos zonas llamadas Barra (donde me estoy quedando) y Ondina, es el mas popular de todos, a la orilla de la playa.


Tomé algunas fotos, me cogió el atardecer en la playa y volví al apartamento a alistarme para estar un par de horas en el desfile de Batatinha. Estuve muy cerca de un bloco sin pipoca (no había cuerda, cualquiera podía estar al lado) donde cantaba Elaine Fernandes, sintiéndome un poco raro, de nuevo: solo, sin tener para dónde ir. De pronto escuché una canción conocida (por primera vez en mi viaje) de la que me sabía al menos la letra del coro: O que é o que é, de Gonzaguinha ¡Pude cantar, por fin, a grito herido! Viver e não ter a vergonha de ser feliz. Cantar, e cantar, e cantar a beleza de ser um eterno aprendiz. Volví a sentirme parte del carnaval, tanto que compré una abadá (la camiseta requerida para entrar al sector de Preferencia en un bloco) y me uní a la rumba, hasta las 3:30am, bajo la lluvia, los gritos, los abrazos y mas de 110 decibeles de sonido (estuve un tiempo detrás de un funcionario municipal, que estaba midiendo el ruido).

E eu fico com a pureza das respostas das crianças: É a vida! É bonita e é bonita!

Banda sonora del día: creo que es obvio.

jueves, 19 de febrero de 2009

Crispeto sobrio

Bueno, la cosa es así: los blocos se componen de dos tractomulas alrededor de las cuales un ejército de gente tensa una gran cuerda. La primera tractomula lleva un trailer que es, palabras mas palabras menos, un gigantesco picó 1. Sobre el picó hay una tarima sobre la cual toca el trio elétrico, que nunca es un trio, sino un grupo musical completo. En la segunda tractomula va también una tarima, sin grupo musical, y en la parte de abajo de ese trailer va (oh, ironía tropical) un pequeño puesto de salud y una venta de licor, puerta contra puerta.

Esto determina 4 "localidades" que acompañan el concierto andante del trio, y que en español de Colombia vendrían siendo:

1. Platino: Son las personas que pagaron para estar en la tarima, junto al trio, y que se mueven cual reina de belleza colombiana en carro de bomberos.
2. VIP: Son las personas que van en la tarima de la segunda tractomula, todas también reinas de belleza, pero en un carro de bomberos menos llamativo (diga usted, sin sirena).
3. Preferencia: Son las personas que van dentro del encordado, pero a pié. Todas las localidades de aquí hacia arriba tienen una camiseta distintiva que les permite acceder a una u otra localidad.
4. General: Son lo que aquí llaman pipoca (crispeta, palomita de maiz) y son los que simplemente, se quedan en la calle porque no pagaron para entrar en alguna localidad.

Salí del apartamento a las 11:15 pm, solo, porque Beth decidió que no estaba con ganas de carnaval. Solo llevaba mi gorrito de arlequín, porque consideré que el cetro era un poco incómodo y quería mis manos libres, solo por si acaso.

Llegué al Farol da Barra, en la Avenida Oceánica, al lado de la playa, buscando el bloco de Os Mascarados. Venía 2 blocos atrás, así que pude ver a los blocos donde tocaban Chica Fe y Rapazolla. Ya todo el mundo estaba ebrio, miles de brasileños cantando y saltando y cientos de turistas, saltando sin coordinación.

Entendí, que la música que tocan los trios no es, necesariamente, algo afro. Estos trios tocaban una cosa muy fácil de cantar, de ritmos repetitivos, fáciles de bailar (solo había que saltar) y que sonaban todas las canciones iguales. Cualquier parecido con nuestro tropipop es pura coincidencia. La gente estaba eufórica, pero a mi, un simple pipoca sin una gota de alcohol encima, estos grupos de sambipop no me convencian aún.

Finalmente llegó el bloco de Os Mascarados, que presentaba a Margareth Menezes, que sin ser la Totó la Moposina de la samba, si tenía alguito diferente a los sonsos anteriores. Como tenía disfraz, pude entrar a Preferencia, mezclarme entre la gente y gozarme el baile por casi una hora, en la que recorrimos solamente unos 200 metros, mas o menos.

La energía es increible, el sudor de todos era mi sudor, la euforia de todos era mi euforia. Salí casi cojeando del bloco, y volví al apartamento a las 2:15 am, haciendo planes para ir a los blocos afro (realmente negros) que van a salir mañana. Una cervecita no caería mal, esta vez.


Incluyo una foto de un bloco en prueba de sonido.

1 Picó: viene de pick-up, y es una especie de parlante gigante que se lleva en el platón de una camioneta (de ahí el nombre), que fue muy popular en la costa atlántica colombiana; eran prácticamente fiestas ambulantes, con DJ y todo, muy al estilo de los Sound System jamaiquinos, pero sin MC.

La magia del laberinto


Inclusive desde que me bajé en la estación rodoviária de Salvador, e hice una cola de 1 hora para cambiar unos dólares, se puede sentir el alma de esta ciudad. Es algo indescriptible, que ahoga los sentidos y calla cualquier palabra. Es, simplemente, vida.

Llovió gran parte de la tarde y la noche terminó con Beth, mi anfitriona, su vecino y yo, hablando un poco de política, literatura y cine. Bueno, yo creí que decía cosas coherentes en mi portugués chapuceado y ellos siempre pusieron cara de que me entendían. Cuando la cosa pasó a la parte musical, el vecino sacó su guitarra y cerramos la noche con casi 10 canciones de Radiohead. Odié por un momento a los brasileños, todos saben cantar y tocar guitarra y yo ni siquiera afino una sola, pero me tranquilicé y me dejé llevar por los ritmos de Thom Yorke y sus muchachos antes de que se volvieran tan "experimentales".

Hoy salí con Beth a comprar unos disfraces para uno de los blocos que sale esta noche, el Bloco dos Masquerados, donde todos tienen que ir disfrazados. Recorrimos una zona parecida a San Victorino, llena de almacenes de chucherías y congestionadas de carros y gente a mas no poder. Conseguimos un sombrero de arlequín y un bastón-sonajero para mi, y una corona y una peluca para Beth. Allí ella me despidió, porque se iba a visitar a su mamá y yo salí para el Pelourinho (los baianos decimos o Pelô) a ver qué tanto era el escándalo.

Y el escándalo es mucho. Gigantesco. Las calles curvas, que suben y bajan, sin ningún sentido ni orden, son el recorrido de un laberinto increible de iglesias, casas, plazas, iglesias, casonas, iglesias, fuentes e iglesias. Y mas iglesias. En menos de 10 cuadras es posible toparse con 5 o 6 iglesias. Bueno, cuadras según la medida colombiana, porque las calles son interminables o, simplemente, tienen 1 casa de largo. No hay orden, no existe el plano cartesiano que los españoles diseñaron para nosotros. Muchas construcciones son solamente la fachada, vacía, hueca por dentro. Todas están roidas y carcomidas por la brisa marina, como si estuvieran en La Habana. Y todas las calles están llenas de gente, a reventar, porque a diferencia de Cartagena, en el centro histórico de Salvador viven los habitantes de verdad: negros, mulatos y blancos que han vivido toda su vida acá, y no especuladores de otras ciudades, que se hacen ricos con tierras que nunca visitan. De nuevo, Salvador es vida. Como escribí en el título del anterior escrito, es el corazón de Brasil.

Almorcé en un restaurante de comida baiana por peso; cada kilogramo de comida cuesta 17.9 reales (como $17.900 pesos), pero solo pude con 670 gramos. Seguí perdiéndome en calles y mas calles, donde todos están listos para iniciar el Carnaval. Encontré, sin buscar, la Casa de Olodum, y la plaza donde se reunen mas de 10 mil personas en el bloco de Filhos de Ghandy. Bajé al Mercado Moderno, en búsqueda de uno de los hitos geográficos mas importantes: el Elevador Laserda. Me metí entre calles, talleres, avenidas, parques, edificios de cristal y edificios casi podridos. Subí por el Elevador y volví con el ánimo renovado al apartamento, listo para la fiesta de esta noche.

Qué extraño de Colombia: que, por ahora, los carros no parquean donde se les da la gana.

Qué no extraño de Colombia: el cartesianismo, inclusive, en la cultura ciudadana.

Banda sonora de la noche anterior: High and Dry, de Radiohead y Un vestido y un amor de Fito Páez