lunes, 2 de marzo de 2009

Dando vueltas por São Paulo

Salí temprano a tratar de recorrer algunos puntos importantes, casi obligatorios, de São Paulo. La Avenida Paulista, grande, llena de gente, de negocios, de tipos impecablemente de vestido y corbata a 32 grados centígrados. Cogí un bus hasta allá, y recorrí, a pié, gran parte de su recorrido, el MASP (Museo de Arte de São Paulo), el parque Siqueira Campos, el Edificio de la Gazetta y el FIASP. Seguí por una maraña de edificios de metal y vidrio, al lado de edificios tradicionales de concreto, hasta que bajé por otra calle para coger otro bus que me dejaría cerca del Parque Ibirapuera, en el monumento a las Bandeiras (los hombres que conquistaron Brasil).

El Parque Ibirapuera es un parque gigante, mas grande que el Simón Bolivar, donde SI dejan jugar fútbol, correr, comer, entrar perros, montar en bicicleta o monopatín, etc, cualquier cosa diferente de la "recreación pasiva". Mis objetivos dentro del parque eran el Planetario, el Auditorio Ibirapuera (Niemeyer contraataca) , el Pabellón Lucas Nogueira Garcez (llamado OCA), el Museo de Arte Moderno y el Pabellón Japonés, que es una reproducción de una casa japonesa, con jardines y todo. A pesar de ser un viernes por la mañana, cerca de medio día, el parque tenía mucha gente; parece que durante la semana de carnaval muchas universidades y colegios suspenden clases, tal vez por eso el parque tenía una alta población "patineta". Cumplí mis primeros objetivos, el Planetario, el Auditorio y el OCA (que estaba en reparación, así que no pude ver mucho) y el Museo de Arte Moderno, que no es la gran cosa, la verdad, y además estaba cerrado.

Buscando el Pabellón Japonés tuve que dar una vuelta innecesaria alrededor de un lago, tan grande como el lago del Simón, porque me desvié de la ruta al ver un edificio entre los árboles que pareció interesante. En realidad era solo un pequeño museo de astrofísica, nada especial. Como aprendería a lo largo de mi estadía en São Paulo, cada "pequeña vuelta" en esta ciudad significa 20 o mas minutos de larga caminata o de trancón en un bus. Cuando encontré de nuevo la ruta al Pabellón Japonés, un aguacero sorpresivo, instantáneo, imparable, se desgajó. Tuve que volver corriendo al pequeño museo a esconderme mientras, de la misma sorpresiva manera, pasaba el chubasco. Anselmo, mi anfitrión paulista, me había advertido que el clima en São Paulo es de locos. Realmente lo es. No había terminado de llover y ya el sol esplendoroso volvía a subir la temperatura del día. Ahí, en una banca bajo un árbol, como un perro mojado (en apariencia y olor), saqué los sánduches que había preparado y almorcé viendo el agua y la luz colarse entre las ramas. Era hora de volver a mi búsqueda del famoso Pabellón, que tenía que valer el esfuerzo y la mojada.


El letrero que anunciaba el Pabellón Japonés tenía una pequeña leyenda: Solo abrimos los jueves, sábados y domingos. De nuevo, como un perro mojado, di vuelta a mis paticas por donde me habían traido y salí por otra puerta para tomar unas rápidas fotos al obelisco en homenaje a los héroes de la Guerra Paulista de 1932, cuando el estado de São Paulo se rebeló contra el presidente Getúlio Vargas en una guerra de 3 meses, y dar una vuelta por los alrededores para tratar de encontrar de nuevo la calle donde debería coger un bus que me llevara a la Paulista de nuevo.

El tránsito comenzó a ponerse un poco mas "denso" al igual que los buses: tuve que subirme al bus a punta de codo y rodilla, aplastando y siendo aplastado, empujando, pisando y recibiendo pisotones. Me sentía como en un Transmilenio, solo que, factor agravante, a mas de 30 grados. Como yo, la mayoría de los ocupantes estabamos mojados. Finalmente, luego de un viaje 20 minutos mas largo que el de vuelta, el camión de los perros mojados llegó a la Paulista y pude bajarme (a los empujones, claro) buscando aire fresco y verificar si todo mi equipamento y partes corporales se encontraban en su sitio. Tenía que coger un bus para llegar a una parada de buses donde debería coger otro que me llevaría a la Universidade de São Paulo, que seguramente iba a estar cerrada, pero que quería conocer.

Hace ya muchos años, en una excursión con unos amigos al desierto de La Tatacoa, al norte de Neiva, luego de armado el campamento, unos integrantes del viaje decidieron salir a caminar. Parece que los tipos caminaron mas de lo debido, porque cuando intentaron volver los cogió la noche y dieron muchos rodeos tratando de encontrar la carretera, una pequeña trocha. Los que quedamos en el campamento salimos a buscarlos, gritando, pero parece que estaban muy lejos. Finalmente llegaron a la carretera pero por culpa de las vueltas que habían dado no sabían si había que seguirla hacia la derecha o la izquierda. Decidieron caminar hacia un sentido, durante casi una hora sin encontrar nada y, entonces, giraron 180 grados y volvieron por el camino hasta que por fin encontraron el campamento. Aún hoy, luego de muchos años, me sigo burlando de eso. Pero como dicen las abuelas, Dios no castiga ni con palo ni con rejo. Como se imaginarán, cogí la ruta adecuada del bus, en la parada de buses y en la avenida correcta; pero en el sentido contrario.


45 minutos después de que el paisaje urbano completamente desconocido que me rodeaba me hiciera sospechar que iba en la dirección incorrecta, tuve que bajarme y coger el mismo bus, en el sentido correcto. ¿Algo positivo en semejante torpeza? El bus estaba casi vacío, me pude sentar. Negativo: me cogió el trancón mas salvaje que pudiera imaginar en la Avenida Paulista. Si hubiera hecho el recorrido a pie, me hubiera rendido mas, pero seguramente hubiera terminado quién sabe en dónde. Tenía que permanecer en el bus hasta que reconociera la avenida donde debía bajarme. Cuando llegué (además me pasé de la estación y tuve que caminar varias cuadras de vuelta) mi día había terminado. Derrotado, entendí que tenía que usar esto como excusa para volver a São Paulo y recorrer lo que no alcancé. Llegué al apartamento de Anselmo a llamar a Daniel y Januaria, unos amigos de mis padres, para quienes llevaba un regalo, una pequeña reproducción del Poporo Quimbaya en cajita de lujo y todo.

Me recogieron y fuimos a un bar de música cubana, cerca del apartamento donde me estaba quedando. En la puerta nos recibió el portero del bar, un negro canoso, que nos dedicó un amable piropo a cada uno de nosotros mientras nos daba una tarjeta de acceso. Nada de pedir la cédula, mirar rayado, requisa a la entrada o fila interminable para entrar a un bar vacío. Y este bar estaba lleno. Mucho.

Esta noche había un grupo de música en vivo, con los grandes éxitos del son cubano. Creo, por la forma en que pronunciaba las palabras, que el cantante hablaba español. El hecho fue que ninguno de los asistentes, excepto yo, se sabían las canciones; cosas tan populares en nuestro país como El Carretero o Chan Chan, no eran del dominio público. Y a lo largo de mi viaje, noté la barrera musical que hay entre Brasil y la América Latina española. En ninguna de las sesiones de guitarra casera en las que había estado se había cantado una sola canción popular en español. En Salvador cantamos Un vestido y una flor de Fito Paez, porque Caetano Veloso tiene un cover. Borbulhas de amor se llama el cover que hace un brasileño llamado Fagner del éxito de Juan Luis Guerra y 4:40. De música ligera, pero versión Os Paralamas. Nada mas. Bueno, una excepción, que no considero muy honrosa: Julio Iglesias. Todo el mundo ha oído a Iglesias gemir canciones (en portugués, claro) y fueron torturados cuando niños con sus canciones, al igual que acá. El mayor vendedor de discos de la historia, indudablemente.

En el bar teníamos una pequeña mesa muy bien ubicada cerca de la tarima donde estaba la banda. Cuando comenzaron a sonar los acordes, todo el mundo llenó la pista y comenzaron a bailar. Nos tocó irnos de la mesa porque los bailarines nos estaban cayendo encima, intentando dar pasos de salsa pero con cadencia de samba. Eso de las coreografías (el ocho, de vuelta para atrás, etc) no va con los brasileños, o por lo menos no con los asistentes esa noche. Probé tres tipos de cerveza, todas tipo pilsen como en todo Brasil, y hablamos a gritos hasta la 1:30am. Mis acompañantes tenían que madrugar porque iban a pasar el fin de semana en una finca cerca de São Paulo, y yo tenía que levantarme temprano a ver si el sábado si me rendía, ya que Anselmo me iba a acompañar a sacar unas fotos en el centro.

Qué extraño de Colombia: después de 13 días probando diferentes cafés brasileños preparados de diferentes maneras, el café colombiano. No es que el café brasileño sea mas fuerte. Simplemente es mas feo.

Qué no extraño de Colombia: la agresividad de los porteros de los bares y el desprecio generalizado por el cliente en las zonas de rumba.

Banda sonora: El Carretero y Chan Chan, por supuesto. Y también Lost in the supermarket, de The Clash

1 comentario:

  1. HOLA ME GUSTO MUCHO TU CRONICA YO SOY MEXICANO y estoy realizando un viaje por brasil qtan cierto es todo lo que dices creo q nos separan tanto las culturas de una latinoamerica como al parecer es colombia y mexico y lo que es brasil

    ATTE alexis
    E MAIL grandesesperanzas1234@hotmail.com espero me puedas dar mas consejos de q visitar en saopaulo y enrio de janeiro bye deberias de escribir tu experiencia en rio

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